¿Has visto volar a un ave, libre contra el viento? ¿Has sentido la pureza del viento al rozar tu piel? Yo tampoco lo había hecho hasta hace unos días. El viento corriendo sobre las hojas de los árboles son lo único que me hace llegar a él, sentirlo cerca, me traen su aroma y se lo llevan de vuelta.
Pocas veces nos detenemos a observar a la persona que amamos, a preguntarle como se siente, que actividades hubieron en su día o si su café estaba muy dulce. Yo lo hacía y esa noche no fue diferente. No tenía por que serlo, era un día común en nuestras vidas, un martes, para ser precisa. Me abrazaba en el sillón, acariciaba mi cabello. Su aroma, madera y cítricos se impregnaba en mi cabello y mejillas con solo rozar su mano sobre mi. ¡Como lo extraño! Pero no podía ser de otra manera. Hablábamos de libélulas, de que si en algún momento uno de los dos llegara a faltar, reencarnaríamos en una libélula y visitaríamos a nuestro amado, volaríamos sobre él, sólo para darle a entender que estamos bien.
Mientras reíamos por lo absurdo que resultaba el tema, una libélula cruzó frente a nosotros. El silencio invadió la habitación. -Es ella- Murmuró él, para sus adentros. Yo sólo me incorporé, lo miraba fijamente, tratando de evitar que la tristeza y la rabia se apoderaran de mi mirada. Él se levantó y tomó un frasco de vidrio, como suele hacerlo cada que ve una libélula. La intentaba atrapar y uno de mis impulsos de rabia me hizo comenzar a gritar. 'Ella no está aquí, Andrés, debes entender que ella murió hace mucho. Ella lo decidió así, no puedes hacer nada para cambiarlo, mi amor.' Pero el seguía intentando cazar al insecto que en muchas ocasiones nos había causado problemas. Incontables veces habíamos discutido por la misma razón, el insecto, su ex novia, su ex novia muerta. Ella. Yo lo amaba y quería que me amara como la amaba a ella. Nada mas. Yo quería que fuera feliz, con o sin mi. Me miró y comenzó a llorar. Se veía tan tierno, tan vulnerable, toda la pantalla de hombre fuerte se desvaneció y sólo quedó el niño frágil. Su dolor era inminente, inevitable. Ella fue su compañera de años y, por una discusión, se suicidó. El cianuro no es el mejor amigo de una mujer dolida. Así como los cuchillos tampoco lo son de una mujer enamorada.
El lloraba y hablaba, me decía lo mal que se sentía por que ella ya no estaba ahí con él. Con cada lágrima, mi necesidad de que me amara como a ella crecía. No eran celos, no era enojo, no era amor. Era obsesión. Era necesidad de afecto. Yo lo llamo 'Lapso de enamoramiento enfermizo'. Y en ese momento fue cuando consideré la idea de hacerlo feliz. De dejarlo partir.
Corrí a la cocina, mientras él pensaba en el sillón. Tomé un cuchillo, mi cuchillo favorito, claro, y lo guardé detrás de mi. Mientras me acercaba a él, el alivio incrementaba. Andrés ya no sufriría más por la partida de su difunta novia. No más discusiones, no más peleas. Me seguía acercando, observando la oscuridad y melancolía en el aire. Su rostro ¡Qué bello rostro! me transmitía dolor puro, ya no podía permitir eso; -Mi amor, hoy vas a dejar de sufrir, no te lo mereces- dije en voz baja. La adrenalina subía y bajaba por mis venas. Sístole y diástole. Sístole y diástole. Latidos. Palpitaciones. Me senté junto a él, tomé una de sus manos y la puse sobre mi pecho, cerca de mi corazón. -Sientes eso- le dije -Late por ti, quiere que seas feliz, sin importar donde o como- Su mirada penetrante buscaba mis ojos, yo los suyos.
Entre lágrimas y café, lo abracé. -Te amo Andrés, me hubiera gustado que nuestra historia acabara diferente- Y con esa última frase aún resonando en el aire, con los dientes apretados y su respiración cerca de mi oído, le dí la primera puñalada. Su grito fue ahogado, no intentó safarse ni huir. Al contrario, me abrazó más fuerte. Cuando sentí su corazón palpitando cerca del mio, le dí la segunda puñalada, ahora a un costado. Me abrazó más fuerte. -No te creía capaz de hacerlo, pero sabía que lo harías- murmuraba en mi oído -me amas tanto como para dejarme ir, siempre admiré eso de ti.- Sentí su sonrisa, a pesar de que no quería ni voltear a verlo. Yo sabía que sonreía. Su sangre tibia corría por mis piernas, mis manos, el sillón. Poco a poco empezaba a tocar la tierra, de nuevo. -Acaba lo que empezaste, por favor.- Te amo, Andrés. -Y yo te amo, vamos.- Y con ese último te amo, le dí la tercera puñalada, ahora un poco más arriba, cerca del corazón.
Lágrimas corrían por su rostro y caían a mis hombros. Sus suspiros entrecortados me paraban el corazón. Pero yo seguía, una y otra vez, en diferentes partes de su cuerpo. Cuatro, cinco, seis, nueve, dieciséis. Diecinueve.
El silencio se hizo presente, dije su nombre al viento, pero no obtuve respuesta. Su corazón ya no latía con el mío. Separé su cuerpo y con cuidado lo acosté en el sillón, me paré y me decidí a verlo. Ese instante se congeló en mi memoria e hizo una incisión que jamás se va a cerrar.
No sabes lo que tienes (o tenías) hasta que lo ves tendido, inmóvil en un sillón, parcialmente desmembrado y bañado en sangre. Siempre soñé con casarme con él, extraño fue que lo único en lo que pensé al verlo ahí de rojo era en nuestra boda. Hubiera sido hermoso haberme casado con él. Y el rojo le queda bien. Es una lástima. Era muy guapo. Parada frente a él, los segundos se convertían en horas. Y a decir verdad, se veía tan tranquilo, tan sereno. Lo envidiaba, también quería morir para estar con él. Pero no tiene caso. Él ya está con ella y solo iría a hacer mal tercio, eso no está bien. Sabía que ya estaba con ella por que su tranquilidad era mágica y contagiosa. Todo había acabado, no hay de que preocuparse, él es feliz. Y por consiguiente, también lo soy. La soledad volvió a mi después de año y 3 meses de relación. A decir verdad, la extrañaba un poco. Miré mis manos, mi blusa, mi pantalón, mis zapatillas. Todo estaba cubierto de sangre. Sonreí por minutos. Lo que pasó después, lo olvidé. Caí desmayada, dicen los doctores que la impresión fue muy grande, que a pesar de mi fortaleza emocional, no soporté la ola de emociones que me invadían.Estuve en shock por días.
Nunca me ha gustado ser transparente, los de afuera se dan cuenta de lo que me pasa muy rápido.
No suelo criticar, por que no conozco lo que hay detrás de un mal vestido o una nariz fea, tampoco sé si esa persona que tiene una afición por los falos fue violado de pequeño o si esa obesa vio morir a su madre, que la premiaba con un pastel cada que hacía algo bien.
Tampoco me gusta que me consuelen, cuando me siento mal, no hay nadie que pueda entender el sentimiento, todos somos diferentes y nadie puede sentir o pensar igual que alguien mas; para un 'todo va a estar bien' prefiero un silencio. Sabemos que no está bien, ¿Para qué recalcar el hecho de que las cosas no pueden ser iguales a como eran antes o como queremos que sean? Por naturaleza de seres humanos, por la necesidad de curar la enfermedad y el sufrimiento del prójimo. Afortunadamente, no soy el tipo de persona que corre a pedir ayuda y solo la brinda cuando es requerida. Yo le ayudé a dejar de pensar en ella. Su recuerdo lo consumía y eventualmente lo mataría; yo solo le ayudé a alcanzarla, a tenerla de nuevo con él. No comprendo que es lo que hice mal, en verdad lo amaba y lo ayudé, hice una acción social, una buena acción por alguien. ¿Por qué toda esta gente me juzga sin siquiera conocer la historia y mis motivos? ¡Ni siquiera son mis motivos! Eran de él. 'Crimen pasional: Joven descuartiza a su novio por celos' 'Le arrancó el corazón, literal' Y otros encabezados de los diarios. Bah, si tan solo supieran toda esta bola de mortales. Si, debo reconocer que cada que hablaba de ella, mi sangre hervía, queriendo escapar por mis ojos en forma de lágrimas, pero no fue la razón por la que lo hice. Y si, yo lo amé, pero por amor, lo dejé ir. Por amor, lo mandé a otro plano dimensional. Sí, no lo niego, soy culpable de la muerte de Andrés.
Me preguntan si me arrepiento de lo que hice. Piensa. ¿Te arrepentirías de darle al amor de tu vida lo que más desea? ¿Le negarías partir para su bien, para que sea feliz? Acaso ¿Negarías la libertad al ser que te cambió la vida? Favor con favor se paga. El cambió mi vida radicalmente, yo le di lo que necesitaba. No lo que merecía, pero lo que necesitaba. Mi respuesta es no, no me arrepiento. Y de ser necesario lo haría de nuevo. Las veces que fueran requeridas. Por amor, doy mi vida. Y la suya.
Una luciérnaga pasó mientras escribía mi última declaración antes de entrar a mi nueva residencia, el hospital psiquiátrico. Y sonreí.
A qué hora empieza tu fiesta particular? Debo vestir de etiqueta? O, simplemente, ser como soy? Un fuerte abrazo desde la tierra de Cervantes!!!
ResponderEliminarMe encanto el relato.... intenso y pasional así como debe de ser la vida!! T.M
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